Cáncer de mama: Miedo e ilusión de vivir

La primera reacción de Lily (55) fue de incredulidad, como si todo se tratase de un sueño o algo que le estuviera pasando a otra persona, menos a ella.

Hace más de un año que Celia, Isabel y Lily fueron diagnosticadas, indistintamente, con cáncer de mama. Cada una de ellas es muy diferente y ha vivido procesos también diferentes, no obstante, coinciden en algo; el cáncer les ha enseñado a ver la vida de otra manera y las ha convertido en personas “más fuertes”, “más capaces”. Por eso hoy cuentan sus experiencias con la enfermedad y enseñan a otras pacientes cómo enfrentarse a ella desde el diagnóstico.

CELIA

Tiene la piel morena y arrugada. Es vendedora de rellenos (de papa, postre y arroz), mamá y papá de seis jóvenes. Vive en el Kenko de la ciudad de El Alto. Su mirada es triste y, aunque lleva un barbijo que le cubre la mitad de la cara, sonríe y mueve la cabeza, haciendo ondear el par de aretes que adornan sus orejas.

El mes de junio del año pasado (2017) fue el momento más duro de su vida, ese mes se enteró que tenía cáncer de mama. Miedo, mucho miedo, rabia y dolor inundaron su alma cuando un médico del Hospital de Clínicas de La Paz, le dijo con frialdad: “tienes cáncer”.

Se quedó asustada e incrédula, pero el abrazo de su hija Angélica que en ese momento la acompañaba, la hizo volver a la realidad. El galeno reveló que su diagnóstico era desalentador y que debía realizarse algunos estudios para ver si había metástasis en otras partes de su cuerpo. Salió del hospital llorando, despistó a Angélica para quedarse sola y llorar por lo que ella creyó en ese momento era “su sentencia de muerte”.

“No quería llegar a mi casa, una semana he estado en depresión”, dice, pero el sufrimiento de sus retoños y nietos la animó para cumplir con los análisis y luego someterse a una mastectomía (extirpación de la glándula mamaria). Su cáncer era maligno. La operación fue exitosa, pero no era el fin de la batalla contra esa enfermedad.

Después de la cirugía tuvo que someterse a sesiones de quimioterapia y radioterapia para conseguir su recuperación. En ese proceso perdió cabello, amigos y varias de sus pertenencias que tuvo que vender para costear su tratamiento. De a poco le ha vuelto a crecer el pelo y eso la pone feliz.

De rato en rato se pone pensativa y revela que nunca sintió síntomas ni un dolor que le haya hecho sospechar de su enfermedad. Hasta que un día tuvo un accidente en la ducha y semanas después le apareció “un bultito” en uno de sus senos.

“Nunca me he enfermado. Meses antes de que me diagnostiquen he sentido un dolor en el pecho, pero pensé que era por un golpe y no le di importancia. Y de un día a otro me ha salido una bolita en el pecho, botaba como calostro y me ardían las areolas del pezón. Ahí me asusté y por eso fui al doctor”, dice la mujer, mientras derrama lágrimas.

La noticia no solo la afectó emocionalmente, también económicamente. Por su tratamiento no puede salir a vender a diario los rellenos que ella misma prepara. Ese dinero por años le permitió criar sola a sus seis hijos, que también sufren por la enfermedad de su mamá.

“No solo sufro yo, mis hijos también”, relata. Desde su diagnóstico ha pasado más de un año, y hasta ahora, sus exámenes son favorables. Pero el temor de que el cáncer regrese y acabe con su vida sigue latente, su miedo es intenso porque hace menos de un mes perdió a uno de sus nietos (14) por el cáncer de linfoma.

Aunque, más tranquila dice que esa enfermedad la ayudó a ser más fuerte y estar unida a su familia, además de valorar cada minuto de su vida. Recomienda a las mujeres hacerse los chequeos médicos con regularidad y cuidar su alimentación.

ISABEL

Tiene 35 años. Es una mujer valiente y luchadora que superó el cáncer de mama hace tres años. Su mayor arma es su optimismo y sus dos hijos. Con la enfermedad aprendió a mirar la vida de una manera positiva y hacia adelante.

El día que se enteró de su enfermedad sintió frío, entró en negación y su miedo más grande era contarle a su familia, sobre todo a sus pequeños hijos, “No quería causarles dolor”, afirma, pero un mes después del diagnóstico y los dolores, tuvo que hacerlo.

Recibió el apoyo de su pareja, de sus padres y hermanos y así fue como comenzó su lucha contra el cáncer. “¿Por qué a mí?” se cuestionaba casi a diario, la angustia comenzó a estresarla antes de que le entregarán los resultados de la biopsia. Era maligno y ya el cáncer había hecho metástasis en algunos ganglios.

Fue un proceso duro, durante tres años tuvo que lidiar con despidos laborales por su enfermedad e incluso, dice que fue “víctima de discriminación”. Esa situación le causó ansiedad y depresión. Hubo momentos en el que pensó en “tirar la toalla” y como ella dice “esperar su muerte”, pero el amor de su familia, sobre todo de sus hijos Joel y Rosana le hicieron despertar de su letargo para luchar por su vida.

“En mi familia no hay antecedentes de cáncer, nunca me he preocupado por eso y que de un día para otro te digan que tienes cáncer es terrible, es desesperante, como si te mataran en vida. En todo ese proceso he aprendido a gritar, llorar, patalear, pero también a levantarme y creer en Dios, afirma, mientras recuerda que al igual que Celia le hicieron una mastectomía, que terminó extirpando ambas glándulas mamarias.

Después de batallar todo ese tiempo, dice que “está limpia” y confía que en los posteriores exámenes todo siga igual, aunque, confiesa que a veces sueña que la enfermedad reaparece en su vida.

“En todos mis análisis hasta ahora dicen que estoy sana, que he sobrevivido. Pero hay días que siento algún dolor y me asusto. Pero agradezco a Dios por la oportunidad de despertar un día, cuando tienes cáncer valoras más tu vida, a tu familia y sé que voy a estar bien porque estoy sana”, añadió.

Lily

Con 55 años y pese a batallar por más de un año contra el cáncer de mama, Lily no pierde su carácter risueño y alegre. Recuerda que un sábado del mes de mayo el 2017 descubrió “una bola” en uno de sus pechos. Esperó hasta el lunes para ir a hacerse una mamografía en una clínica y un día después, una enfermera le entregó en sobre cerrado los resultados.

Corrió hasta la Fundación contra el Cáncer en la avenida Camacho para hacer leer los resultados y ahí le avisaron que tenía un cáncer de mama triple negativo, uno de los más agresivos. “Está totalmente avanzado, nada se puede hacer”, le dijeron. Se puso triste, pero aun así decidió ir hasta el Hospital de Clínicas en la zona de Miraflores.

Luego de varios días de peregrinaje y estudios, uno de los galenos de Oncología le dijo que podían operarla bajo su riesgo. Le extirparon uno de sus senos, su recuperación fue lenta y dolorosa. Como el cáncer había hecho metástasis le pidieron que haga quimioterapias y ese proceso fue doloroso para sus dos hijos.

Su actitud optimista fue vital para luchar contra los efectos secundarios de la quimioterapia. “El día que empezó a caerse mis cabellos, mis hijos se raparon y también usaban pañoletas. La primera sesión de quimio casi muero, dije ya es mi final, pero con mi actitud positiva, mi buena voluntad y sobre todo para no ver sufrir a mis hijos seguí luchando”, cuenta Lily acompañada de su mascota.

Confiesa que había días en que se sentía cansada y deprimida, pero se decía que tenía que seguir y sacar fuerzas para seguir adelante por sus dos retoños.

“Es bien triste el proceso, pero cada que despertaba me decía estoy bien, estoy sana. A mis hijos les daba ánimos porque yo los veía llorar en silencio. Siempre les digo mientras camine y despierte voy a estar bien y así me siento”, afirmó.

Al igual que las otras pacientes, Lily dice que nunca sintió los síntomas del cáncer, pero que de un día a otro cambió la coloración de la piel de sus glándulas mamarias y observó que uno de sus pezones se invirtió.

“Que recuerde, nunca me ha dolido, este cáncer es silencioso, por eso he pasado todo esto. Yo lo he superado, pero las mujeres tienen que hacer prevención y revisarse para no pasar por este proceso”, remarca, a tiempo de indicar que para pagar por su tratamiento tuvo que vender los televisores de sus hijos, muebles y otras propiedades para seguir viviendo.

Las tres coinciden en que el Gobierno debe trabajar en políticas de prevención sobre esta enfermedad, además piden que se mejoren las infraestructuras y se equipen los hospitales con aparatos de última tecnología para tratar esta enfermedad.

ENFERMEDAD MÁS TEMIDA

Los resultados de la Primera Encuesta de Percepción del Cáncer en Bolivia, que realizó Opción Consultores, revelan que el cáncer es la enfermedad más temida y que tiene la percepción más alta de mortalidad en Bolivia, por encima de otras enfermedades crónicas como las cardíacas, la diabetes y el sida.

De acuerdo con el estudio, un 57% de los consultados consideran que el cáncer es la enfermedad más temida y el 69% afirma que es la que causa más muertes en Bolivia. Además, un 97% considera al cáncer como una enfermedad terminal. (ANF)


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